Anécdota I: El Nido de Mariquitas

Ahora que llega el verano y nuestras tensiones se liberan un poco gracias al buen tiempo, quiero compartir con vosotros algunas anécdotas de cuando yo era pequeño. Tengo multitud de ellas, buenas y malas, pero creo que debo compartir con vosotros algún recuerdo feliz en esta época del año.

Cuando tenía unos 11 o 12 años, pasaba todas las tardes en el parque más próximo a mi casa. En verano, muchas veces tenían que bajar mis padres a buscarme porque no quería subir ni a la hora de comer para poder aprovechar el buen tiempo y el buen rato que pasaba con mis amigos.

Una mañana, mientras nos encontrábamos sentados en un banco y hablando de nuestras cosas, se me posó en la pierna una pequeña mariquita que llamó especialmente mi atención, dado que le costaba tomar el vuelo para huir de mis amigos cazurros que pretendían torturarla hasta la muerte. Apiadándome de ella en cierto modo, decidí dejar lo que estaba haciendo y llevármela a casa para que se recuperara (si es que era posible).

Al llegar a mi casa con la mariquita en mi mano, corrí hacia mi habitación sin mediar palabra con mis padres y pensé dónde podía colocar a dicha mariquita. Entretanto, fijé mi mirada en una antigua pecera que perdió su utilidad años atrás cuando su inquilino, el pez dorado de nombre “Blue”, falleció por sobrealimentación. Cogí la pecera, la lavé con una mano como pude, la sequé e introduje a la mariquita.

Una vez hecho, fui corriendo a enseñarles a mis padres mi nueva compañera de habitación. Mi madre me preguntó sobre cómo iba a hacer para alimentar a aquel pequeño insecto que se encontraba solo dentro de una pecera de metacrilato. Entonces aquello me hizo pensar en las necesidades del animal que, como yo no estaba muy puesto en la materia, se limitaron a conseguirle comida y compañía.

Aquella tarde, cuando iba a bajar de nuevo al parque, cogí la pecera con el objetivo de satisfacer las necesidades de la mariquita. Mis amigos y yo nos pasamos toda la tarde buscando y recogiendo mariquitas para formar una pequeña colonia dentro de aquella pecera. Además, recogimos algunas hojas y ramas para que les sirvieran de alimento y de ayuda para moverse por el nido.

En los cinco días siguientes, no podía parar de observar orgulloso aquel pequeño nido que había construido pero, al mismo tiempo, me empezaba a preocupar el estado de las mariquitas que comenzaban a moverse mucho menos e incluso a fallecer. Fue entonces cuando tuve que elegir entre mantener el nido o dejarlas en libertad. Esa misma tarde, con cierta mezcla entre tristeza por la pérdida y alegría por su liberación, volví a llevar al parque la pecera con el objetivo de soltar a las que habían sido mis compañeras durante aquel tiempo.

Al abrir la pecera, muchas salieron volando de forma precipitada, pero una de ellas caminó por las paredes del recipiente hasta llegar a mi mano, se posó en mi dedo índice a modo de despedida y salió volando. En cierto modo sentí su agradecimiento por tomar la decisión de dejarlas en libertad. Desde aquel día, cada vez que me encuentro con una mariquita, la poso en mi mano y espero a que vuele como hice por primera vez con tan solo 11 años.

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