Queridos Reyes Magos… | Noche de Reyes

La noche adorna con su magia las aceras de la ciudad. El silencio se pierde tras las escobas de los comprometidos barrenderos que preparan y adecúan las calles para su llegada. Tres honorables siluetas asoman ya por el espolón en esta noche de Reyes. Montados en tres hermosos caballos, descabalgan y se dirigen confiados hacia el imponente Arco de Santamaría.

Intrigado, uno de los barrenderos que allí cumplía les pidió que se detuvieran, y les hizo la pregunta que todos nosotros y todas nosotras estamos pensando:
-Perdonen, Majestades, pero… ¿Dónde están sus famosos camellos?
El Rey Melchor, esgrimiendo una sonrisa, miró a sus otros dos compañeros y le respondió:
-No los hemos traído. El clima de Burgos es demasiado frío para nuestras queridas monturas, pero tranquilo, amigo, estos bellos animales nos ayudarán a cumplir con nuestro recado.
El curioso barrendero, no se dio por satisfecho. Había muchas cosas que quería preguntarles a sus Majestades los Reyes de Oriente, así que se dispuso de nuevo frente a ellos y les preguntó:
-Les ruego me disculpen de nuevo, pero me gustaría saber ¿Dónde están los regalos de los niños de Burgos que se disponen a repartir?
Esta vez le llegó el turno a Gaspar, algo más reacio a contestarle ya que su carácter era más tosco que el de Melchor. Se acercó al barrendero y le respondió con seriedad:
-Aquí detrás, querido joven, vienen nuestros pajes con un carruaje cargado de regalos para todos los niños de la ciudad. Y un par de metros más atrás, nos acompañan unos mineros con el particular carbón.
El barrendero fijó su mirada a toda aquella caravana. Se dio cuenta de que se había quedado tan asombrado al ver a los reyes, que no se había fijado en todo lo que traían consigo. Pudo ver un gran carruaje repleto de regalos llenos de multitud de colores. Pero, cuando fijó la vista en el vagón del carbón, se dio cuenta de que era realmente pequeño. Fue entonces cuando le surgió de nuevo la curiosidad y les volvió a preguntar:
-Perdonen, altezas, pero necesito preguntarles una última cosa. ¿Cómo es que el carruaje de los regalos es tan inmenso, y el del carbón tan diminuto?
Entonces, Baltasar se le acercó con cara compasiva, tomó su mano y le llevó consigo hasta aquel montón de regalos. Después, le contestó:
-Cada vez son más grandes los regalos que nos piden. Este año traemos móviles, tablets, televisiones, ordenadores,  videoconsolas, patinetes eléctricos… Mientras tanto, el carbón sigue siendo eso: carbón.
Después de recibir respuesta, el barrendero volvió a su labor. Vio marchar a los reyes y su comitiva a cumplir su tarea y, cuando llegó a su casa, se encontró con una carta sobre la mesa de la cocina. El sello estaba lacado, y tenía una letra regia en la que se leía: “Para ti, joven curioso”. El buen hombre abrió la carta y se dispuso a leer:
Buen joven,
Nos ha encantado poder conocerte por fin. Sabemos que llevas años pidiéndonos lo mismo, y nunca hemos podido traértelo. Como has podido comprobar esta misma noche, no es que no lo hayamos intentado. Mientras tanto, sigue haciendo del mundo un lugar mejor.


Atentamente,

Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente.
Al leer aquella carta, el joven se sintió triste. Llevaba muchos años pidiendo que se acabase el egoísmo y la avaricia, pero el mundo no está preparado todavía.

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